viernes, 26 de octubre de 2007

CLOS_LUCE_1

Leonardo da Vinci en Clos Lucé (1516-1519)

Invitado por Francisco I, Leonardo da Vinci se instala en 1516 en el castillo de Cloux (Clos Lucé). Acompañado de Francesco de Melzi y de su sirviente Battista de Villanis trajo de Roma, a lomos de mulas, en sacos de cuero, tres de sus telas preferidas. Según el testimonio del secretario del cardenal de Aragón, eran: “el cuadro de una dama de Florencia pintada al natural por orden del difunto Juliano de Médicis” (la Gioconda), Santa Ana y San Juan Bautista, que Leonardo “acabó de pintar en Clos Lucé”. Francisco I, que trata a Leonardo con todos los honores, le hace entrega del castillo de Cloux, pidiendo sólo a cambio oírle conversar, placer que disfrutaba a diario. Cellini oyó a Francisco I decirle al Maestro “que no creía que ningún hombre poseyese tantos conocimientos en escultura, como en pintura y arquitectura…”.

Leonardo recibía de Francisco I una paga fija de 700 escudos de oro al año, a parte de lo que le pagaba por sus obras. Rodeado de su ferviente afecto y del de su hermana, Margarita de Navarra, era libre en Clos Lucé de soñar, de hablar y de hacer experimentos.

A su alrededor inspiraba el pensamiento y la moda. Como veremos a lo largo de la visita, Leonardo trabajaba como ingeniero, arquitecto, y como director, organizando maravillosas fiestas para la Corte.

Después de haber escrito que “ningún ser va a la nada”, el 23 de abril de 1519, y “considerando la certitud de la muerte y la incertidumbre del momento”, hizo su testamento y encomendó su alma a Dios.

“Soberano, Maestro y Señor”. Dicen que lloró en su lecho de muerte por haber ofendido al Creador y a los hombres de este mundo al no haber trabajado su arte como convenía.

Así escribió Melzi el 1 de junio de 1519 en su carta a los hermanos de Vinci: “salió de la vida presente, bien preparado con todos los sacramentos de la Iglesia”.

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